César es un Problema Metafísico Fundamental
Tradicionalmente, se piensa que gran parte del trabajo ontológico consiste en extraer una caracterización de los diferentes tipos de entidades que pueblan nuestra realidad a partir del tipo de cosas que se dicen de ellas en nuestras ciencias y, en general, discursos especializados correctos. Por ejemplo, sabemos qué tipo de objetos son los objetos físicos por lo que la física dice (y no dice) sobre ellos. Sabemos qué son los números por lo que la aritmética dice (y no dice) sobre ellos, etc. El problema, como es muy bien sabido, es que pocos objetos pertenecen a un solo tipo de discurso. Los objetos físicos tienen propiedades de las que no habla la física (por ejemplo, los animales que son entidades físicas piensan) y los números tienen propiedades y relaciones – incluso con objetos que no son números – de las que no habla la aritmética (por ejemplo, en física), etc. Esto genera muchas dificultades metafísicas, y nos orillan a un dilema – una de cuyas instancias mas famosas es el dilema de Benacerraf – entre caracterizarlos como lo dicen los discursos mas específicos y caracterizarlos como lo dicen los discursos mas generales. Cada cuerno tiene problemas análogos duales: si los caracterizamos como lo dicen los discursos mas específicos, es difícil explicar cómo pueden tener las propiedades que les escriben los discursos mas generales y vice versa.
Pero hay un segundo problema recalcitrante que genera esta manera de entender el quehacer ontológico que tiene que ver con la identidad de los objetos de cada categoría ontológica. El problema es completamente análogo: tradicionalmente, se piensa que gran parte del trabajo ontológico consiste en extraer un criterio de identidad para entidades de diferentes tipos partir del tipo de cosas que se dicen de ellas en nuestras ciencias y, en general, discursos especializados correctos. Por ejemplo, sabemos cómo distinguir dos objetos físicos por lo que la física dice (y no dice) sobre ellos. Sabemos cuándo dos números son distintos por lo que la aritmética dice (y no dice) sobre ellos, etc. El problema es que los recursos que tiene cada discurso específico solo permite distinguir un ente de otro del mismo tipo ontológico. Pero ¿es esto todo lo que queremos de un criterio de identidad? ¿No quisiéramos también que nos permita distinguirlo de otro tipo de cualquier tipo ontológico?
Otra vez enfrentamos un dilema muy desagradable: O bien buscamos otro hecho ontológico que nos permita distinguir en general entre entidades de diferente tipo ontológico, o bien asumimos que no lo hay y tratamos de defender que esto no es un problema. Diferentes pensadores han optado por un cuerno o el otro. El problema con el primer cuerno es que, como lo revela el primer problema que he mencionado aquí, no es claro que queramos que toda entidad pertenezca a una sola categoría ontológica. El ser humano, por ejemplo, ¿en qué categoría ontológica deberíamos acomodarlos? Es físico, pero también es pensante y social. El segundo cuerno tiene implicaciones opuestas bastante contra-intuitivas pues haría que todo objeto podría, pro lo menso en pricnpio, pertenecer a cualquier otro. Por mencionar un ejemplo famoso de Frege, permitiría que César fuera un número.

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